El tiempo toronteño es como una caja de bombones

26 marzo 2012

Una de las cosas que más me ha impresionado siempre de la novia de mi cacho-carne es su constancia para mirar la previsión meteorológica cada mañana. Es algo a lo que yo nunca le he prestado mucha atención, porque en Madrid la cosa es bastante sencilla: en invierno hace “frío”, en primavera calorcito, en verano un calor que te mueres y en otoño algo de rasca. Con mirar el calendario y acordarte del día que hizo ayer tienes suficiente para escoger entre las botas térmicas con crampones, deportivas o chanclas de dedo; y lo peor que te puede pasar es que llueva (aunque por lo que parece en Madrid eso no es un problema este año…). Y si tienes dudas sacas una mano por la ventana y todo resuelto.

invierno-toronto

Tampoco me voy a quejar mucho, que este invierno el clima toronteño ha respetado bastante a los guiris mediterráneos. Este ha sido el día más nevado, y no llegaba ni a las rodillas.

En Canadá, y por mi experiencia calcetinal diría que sobre todo en Toronto, el tiempo es una incógnita. Y lo digo tras haber vivido en Holanda y haber visto en la misma mañana sol, lluvia, nieve, granizo y hasta el arcoiris, y haber salido por la noche con una sudadera. En Holanda sabías que iba a llover en algún momento dado, pero la temperatura era por lo general estable y por tanto tampoco hacía mucha falta mirar el tiempo que iba a hacer.

Pero como iba diciendo, en Toronto mirar el tiempo cada mañana es absolutamente imprescindible. No sólo para poder poner en el Facebook que “hoy hace -30ºC, te cagas!!”, que ya es razón más que suficiente, sino porque de un día a otro puede haber una diferencia de 35ºC: la semana pasada estábamos a las seis de la tarde en una terracita tomando una cerveza (y echando de menos las tapas) porque había 25ºC, y esta mañana la novia de mi cacho-carne nos ha anunciado una sensación térmica de -8ºC. Vaya, que hay que tener siempre a mano el pantalón corto y el plumas.

Así que poco a poco me voy acostumbrando a consultar la información meteorológica antes de pisar la calle, no se me vaya a congelar la nariz o me vaya a asar como un pollo. El problema al que no le veo solución es cuando alguien viene de visita y pregunta ¿qué tiempo hace? ¿qué ropa me llevo?Pues mira, todo lo que te quepa y dos botellas de ron que aquí está muy caro.

Dim Sum: cuando los chinos se van de pintxos

23 marzo 2012

Últimamente parece que este blog va de comida, pero es que mientras se tramitan los papeles de inmigración no tenemos mucho más que hacer, la verdad. Por eso los padres de mi cacho-carne dicen que al chaval se le está poniendo “cara de pan de torta”, y menos mal que los calcetines tenemos un metabolismo más adecuado para este tipo de vida.

Dim Sum Montreal

Dim sum: empiezas con la mesa vacía y en cosa de cinco minutos ya no cabe nada. ¿Quién no ganaría un kilillo o dos viviendo aquí?

El caso es que yo pensaba que en occidente iba a ser difícil superar la experiencia de comida asiática de la barbacoa coreana, pero estaba muy equivocado porque existe el dim sum, descrito en la Wikipedia como:

…una comida china liviana que se suele servir con té. Se come en algún momento entre la mañana y las primeras horas de la tarde. Contiene combinaciones de carnes, vegetales, mariscos y frutas. Se suele servir en pequeñas canastas o platos, dependiendo del tipo de dim sum.

Para que os hagáis una idea es como ir a un bar de pintxos, pero en vez de ser tú el que va a la barra a buscar lo que quieres comer son los camareros los que se pasean por todo el local con carritos de comida ofreciéndote todo tipo de cosas: arroz, noodles, rollitos de primavera, dumplings, gambas rebozadas, calamares, pulpitos, tofu de una manera, tofu de otra manera y un sin fin de platos que no hay manera de reconocer salvo que vayas todos los días y tomes notas. Cuando dices que sí a algo te lo sirven y apuntan en una hoja que hay en la mesa el precio de la ración que te han servido (no ponen qué te han servido, sólo cuánto cuesta, así que más te vale tener memoria visual).

Salsa Picante

¿Ketchup y mostaza en el chino? Para nada. Estas son el Jing y el Jang de la salsas picantes, donde Jing es “que te cagas” y Jang “que te mueres”.

La experiencia es increíble y la comida sale realmente barata (cinco personas y un calcetín comimos hasta reventar por 70 dólares con propina y de todo). Lo mejor es ir con bastante gente para poder ir pidiendo un poco de todo y probar muchas cosas, que es lo que tiene gracia. El único defecto que le veo al formato es que te obliga a comer a todo trapo, porque no paran de pasar carritos por tu mesa con alguien que dice “güichi cho chan!” y tienes que decir ipsofactamente si quieres de eso o no, porque el carrito cambia y puede que no vuelvas a ver pasar el mismo plato en media hora. La ventaja es que así la gente come rápido y aunque haya una cola del copón cuando llegas en media horita estás poniéndote las botas.

Sólo hubo una cosa que no me gustó demasiado, por no decir que nada en absoluto: el té con el que se acompaña el dim sum. Para grandes conocedores de mi vida personal calcetinal, me recordó a cierto té de un restaurante japonés en Burlington, VT, con esa textura y saborcillo a “este es el agüilla sucia de haber limpiado la cocina”. Pero es cierto que al resto del mundo y principalmente a los chinos presentes (casi el 90% de todos los clientes, y estamos hablando de un sitio donde había fácilmente 100 mesas) parece que les encanta.

La paella de los domingos, ahora también en Canadá

12 marzo 2012

Una de esas tradiciones españolas no escritas es ir los domingos a casa de tu madre a comer paella. Reconozco que en la familia de mi cacho-carne no ha sido una tradición semanal estricta, pero sí hubo una época cuando éramos pequeños en que la paella era el plato oficial a cocinar en el jardín de los abuelos cuando en verano se reunía toda la familia para celebrar su particular Navidad estival (el abuelo y todos sus nietos cumplían años en verano, y se celebraban todos juntos).

En los últimos años, cuando mi cacho-carne ya vivía por su cuenta (o a cuenta de su novia, considerando la situación actual) la paella era una de los motivos principales para volver al nido, porque en la “latilla de sardinas” de la calle Carnicer no contábamos con las herramientas o el conocimiento para igualar la paella hecha por una madre. Lo intentamos una vez, y el resultado fue bochornoso y sólo nos salvó que la hicimos para unas visitas de Canadá que nunca habían probado una paella y les pareció divina (yo habría apostado porque no volverían a probarla…), hasta el punto de comerse las sobras al día siguiente mientras nosotros, elegantemente, nos contentábamos con unos macarrones con chorizo. La siguiente vez que tuvimos visitas y tuvimos que cumplir con la paella llamamos de urgencia a los padres de mi cacho-carne, quienes acabaron cambiando sus planes y dándolo todo para satisfacer a nuestros invitados.

Ahora vivimos demasiado lejos del nido como para dejarnos caer cada vez que se nos antoja una paella. El problema es que en Canadá la paella (aunque la RAE admite paellera, originalmente la sartén específica se llama también paella) no es una cosa común, y cuando la encuentras te pretenden cobrar un ojo de la cara por más que tú les expliques que en el súper del barrio la regalan al comprar dos kilos de arroz. Por eso los padres de la novia de mi cacho-carne se llevaron una de contrabando en la maleta.

paella-en-toronto

el truco está en buscar enseres de cocina española en tiendas mayoristas del barrio chino.

Pero Canadá es un país de contrastes, y al final puedes encontrar casi todo si sabes buscar. Y por si no os habéis dado cuenta todavía, el mejor sitio para buscar son las tiendas de chinos, que en Canadá también existen pero sólo en la versión mayorista que tiene de todo súper barato. Y cuando digo “de todo” quiero decir que en la misma tienda hay desde escobillas para el váter hasta monedas chinas para coleccionistas. Así es como hemos conseguido hacernos con esta estupenda paella made in Spain, del tamaño perfecto para el fogón de la cocina (dato importante, para que el arroz se haga bien) y del tamaño perfecto para que coman dos personas y un calcetín (las visitas tendrán que traerse su cena) por sólo $10. La tienda tienda se llama Tap Phong y merece un artículo aparte, que haré cuando reúna valor para ir haciendo fotos a un calcetín ahí dentro.

Ahora nos queda lo más difícil, que es encontrar una receta que nos guste (por aquí todo el mundo piensa en paella con chorizo, concepto que aunque no lo he probado me desagrada profundamente -sobre todo con la pena de chorizos que tienen aquí y el precio al que los cobran) y conseguir que nos salga bien. Seguro que echamos de menos el azafrán de Castilla, los mejillones de Galicia, la gamba blanca de la bahía (como si quedase alguna…), las verduritas de La Albufera o el agua del grifo de Alicante (científicamente probada como clave de un buen arroz), pero creo que sabremos apañárnoslas. Al menos prometo que no dejaremos de intentarlo, y quien sabe, lo mismo acaba siendo una tradición familiar dominguera.